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Los desafíos que hicieron de Sarmiento un constructor de la Nación

A lo largo de su vida Sarmiento dio respuesta a sucesivos desafíos

12/09/2017

En nuestra memoria histórica conviven dos imágenes contradictorias de Sarmiento; una, lo coloca en un bronce deshumanizado; otra, mucho más activa, lo arroja al barro. Hay que descartar esas pasiones para encontrar cuál fue el aporte de este hombre notable a la construcción de la Nación. 
A lo largo de su vida dio respuestas a sucesivos desafíos. Como exiliado del rosismo, supo interpretar lo profundo de la realidad de su tiempo, en cuyos aspectos superficiales se debatían sus contemporáneos. Sarmiento partía de una idea y, guiado por ella, observaba el mundo cercano y concreto: una fiesta popular, un baqueano o un gaucho cantor. De cada uno extraía un rasgo de una realidad que sabía multiforme pero coherente. La idea original crecía y ganaba en densidad, llegando finalmente a explicar el drama argentino en su gran antinomia: campo y ciudad, barbarie y civilización. Esta construcción se mantiene viva y desafiante, e invita a contradecirla o desarrollarla.

 El segundo desafío consistió en proyectar una nación para el país que venía

El segundo desafío consistió en proyectar una nación para el país que venía. Sus ideas originarias, formuladas en Facundo, se renovaron cuando viajó a Estados Unidos y encontró el prospecto del futuro. Amplias extensiones de tierra, capaces de recibir a los migrantes que se agolpaban en los puertos europeos. Un capitalismo potente y una sociedad igualitaria. Ciudadanos, opinión y república. Y la educación como herramienta privilegiada.

Pero en 1852 el desafío más urgente era otro: la imposición del orden estatal, permanentemente desafiado por los poderes provinciales. A Sarmiento -que desempeñó con idéntica pasión los cargos importantes o los secundarios- le tocó ser presidente durante un tramo de la guerra civil, agravada por la guerra con Paraguay. Por entonces admitió que el establecimiento del orden y la construcción del Estado requería tomar decisiones difíciles, y no le tembló el pulso.

¿Para qué? Muchos por entonces coincidían en un núcleo de ideas básicas: transformar al país mediante la inmigración, la puesta en explotación de la tierra, el desarrollo de los transportes y la vinculación con el mundo. Sarmiento le imprimió a este programa un sesgo que sin él quizá no hubiera tenido: la educación popular, que desarrolló inicialmente en la provincia de Buenos Aires.

 En Estados Unidos había admirado a las comunidades locales, que mantenían sus escuelas, pero sabía que en Argentina el Estado debía dar el impulso inicial

La educación popular que preconizó iba mucho más allá de la alfabetización elemental o el aprendizaje de un oficio. Era la clave que articulaba el crecimiento de la economía, basado en los emprendimientos personales, la constitución de una sociedad de oportunidades, al alcance de hombres y mujeres capacitados para asumir sus desafíos, y la formación de un entramado cívico, donde los ciudadanos, capaces de entender aquellas cuestiones públicas que hacían a su interés personal, desarrollaran a la vez la preocupación por el interés general.